
Miguel Rubiera Jústiz, trabajador de la Agencia de Información Nacional en la provincia de Santiago de Cuba, tiene a su haber múltiples anécdotas e imágenes sobre experiencias vividas entre la comunidad de haitianos residentes en ese territorio.
Como parte de su especialidad en captar las imágenes de la vida, no sólo atesora gestos, instantáneas de acciones, sino, sobre todo, la verdadera expresión de los hombres y mujeres que integran esta etnia en las distintas comunidades, asentamientos o poblados santiagueros.
En esta oportunidad nos permite presentar uno de los resultados de su actividad escudriñadora entre los haitianos.
Se trata de su acercamiento al voudu haitiano en tierras santiagueras y lo hace mediante una mambo (sacerdotisa): Felicia Rivero Ge, quien le narra en detalle su participación en la práctica religiosa.
A continuación reproducimos lo que nos cedió, de su autoría, Miguel Rubiera Jústiz.
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Título: El Vudú es mi vida.
…Una sacerdotisa de reconocido prestigio en el oriente cubano descorre el velo de la práctica del Vudú, una de las religiones de fuerte arraigo popular que conserva las tradiciones de la mancillada historia africana.
Por: Miguel Rubiera Jústiz.
Sentencia un adagio popular que creer es voluntad; sin embargo para Felicia Rivero Ge _una sacerdotisa de reconocido prestigio en la oriental provincia de Santiago de Cuba_ el Vodú nace en el monte, pervive en las costumbres ancestrales, toca las fibras más sensibles de los pueblos, se manifiesta de forma divina, alumbra los caminos, acompaña tú existencia y cuando llega cambia para siempre tú vida.


Su arraigo en el Caribe es reflejo del sincretismo, secuela de la explotación esclava, huella imperecedera de la exclusión, el analfabetismo y la ignorancia. También expresión de la sabiduría de los pueblos, erudición, cobija protectora de los credos originarios, salvaguarda de las tradiciones, pero sobre todo escudo y espada de la cultura que nos legaron las tribus africanas que, junto a su sufrimiento, trajeron un arma espiritual para defender sus raíces del ostracismo y el olvido.
La conquista segó millones de vidas, asoló naciones enteras, propicio el trasiego de decenas de grupos étnicos y paralelo a sus desencuentros, exacerbó un proceso de transculturación del que no pudieron escapar las religiones populares.
Muchos cultos religiosos _como el Vudú_ han sido relegados, confinados a un mito menor, proscritos. Pero ahí están sus santos con las los brazos abiertos en señal de desafío, acompañando a sus fieles manigua adentro, mostrándoles el sendero, curando a sus enfermos, protegiéndolos de los males, asistiendo a las parturientas, ayudando al postrado, en fin compartiendo y guiando sus vidas y la de su descendencia.


• La semilla brota, germina.
“El Vudú es mi vida. Ogún llegó a mí por primera vez a los 20 años”, dice orgullosa Felicia, y acto seguido continua: “no me sorprendió porque lo esperaba. Mi padre me lo había pronosticado desde que comencé a tener uso de la razón”.
“Ese fue el encargo que le habían dejado mis tíos a mi papá, que murió en Cuba a la edad de 100 años y cuatro meses; pues ellos tuvieron la suerte de regresar a su patria, gracias a un dinero que se ganaron en la lotería”.
“Una sensación muy extraña se apoderaba de mi mente; me hace sentir un fuerte malestar, a tal punto, que se parece a la muerte. Me ocurrió por primera vez en el poblado de Cueto, en una comida de santo, organizada por paisanos de mi padre y otros descendientes _que como yo_ se sienten muy cubanos”.
“Que no les quede la menor duda: el día en que me llegó el primer santo, monté”, añade Felicia entre risas y carcajadas. Más adelante prosigue con voz suave: “El muerto me lleva a millón y porcentaje, porque me convierte en su caballo. En ese momento dejo de ser yo y hago lo que él pide y manda”.
“A través de mí, hablan, dan a conocer sus misterios, órdenes, explican sus cosas, aconsejan, premian o castigan. En otras oportunidades dicen las cosas con señas. Me hacen tomar alcohol, fumar tabaco, en fin, me utilizan a su antojo. Yo dejo de ser Felicia”.
“Dentro de unos días debo llevar una ofrenda al sitio donde mi difunto padre, en unión de mis tíos, me presentaron ante los santos, por ciento lugar donde se mantiene viva aquella acción que ellos iniciaron”.


• Raíces del credo en la familia.
Para 1915 Haití contaba con algo más de tres millones de habitantes. La sobreexplotación cafetalera y azucarera, junto al saqueo de sus recursos naturales y la improductividad de sus tierras, acentuaron la hambruna y el déficit de recursos para alimentar a la creciente población de La Española.
Asediada por la malnutrición y las enfermedades, Haití se ubicó rápidamente al final de la lista de las naciones más pobres del planeta. La miseria se enseñorea sobre sus pobladores, quienes vieron en la emigración la solución a sus problemas.
Por esta época, Eledot Kadeis Dasik un adolescente de sólo 14 años, sometido a esas y otras acuciantes penurias, zarpa en una frágil embarcación hacia Cuba, lugar donde se encontraban sus dos hermanos mayores, y del que se decía que “el dinero se recogía en el suelo”. Como equipaje trajo los harapos que vestía, sus pies descalzos y un ingenuo afán de riqueza. Lo único de valor que lo acompañaba eran sus tradiciones.
La maltrecha columna de trabajadores desembarcó después de varias horas
de navegación por el puerto de Santiago de Cuba. El Cónsul de su país, dedicado a la explotación de los inmigrantes, les dio la bienvenida.
Concentrados en improvisados barracones, cercanos a la localidad de Palma Soriano, tienen que esperar ser ubicados. En pocos días Eledot comienza a trabajar en una finca cercana a la Mina de Bueycito, paraje en que adopta el alias de Emiliano Rivero Mecías, apellidos del terrateniente dueño de la comarca, con plantaciones cañeras, cafetaleras y ganaderas.
A los dos años de su arribo a Cuba logra juntarse con sus dos hermanos Basilio y Florencio, en la finca Los Chinos, en Monte Alto, término municipal de San Luís, de la actual provincia de Santiago de Cuba.
En una ceremonia vudú, a la edad de 55 años, Emiliano conoce a Dios Gracia Ge García, una bella campesina cubana amante de la religión de los haitianos. De esta relación nació su primera hija, Felicia, entronizada en la religión Vudú a los tres días de nacida.
“Sobre una mesa oculta dentro del monte, en un ritual puramente haitiano, en el que solo participaron el padre de la niña con los dos hermanos, quedó plantada la semilla del Vudú en la familia”, así lo relata la madre, que cuenta hoy con 87 años.


• Ogún responde a Felicia.
“En estado de trance, y al preguntarle a Felicia cual es el libro que los haitianos y sus descendientes leen para practicar el Vudú, respondió: “El que te habla no es Felicia. ¡Es Ogún!”.
“Acto seguido exclamó: “El libro de los santos haitianos no se puede leer, porque está escrito en las hojas de los árboles. Cuando estas se maduran caen y se pudren; tierra vuelven a ser. Nadie puede aprender de ellas, a excepción de las personas elegidas por los santos, a los que se les transfieren algunos poderes. Sólo los santos pueden leer el libro”.
“Como verás en cada hoja, en cada rama, en cada árbol se aposentan los Loas, que desde lo alto descienden, al igual que la serpiente cuando se le invoca con los cantos, tambores, bailes y ofrendas en su lugar predilecto: el monte”.
“En el monte reina la quietud, se desarrolla armoniosamente la paz, y sin que te des cuenta, miles de ojos te miran, unos con ingenuidad, otros te acechan cargados con mucha maldad. Toda la brujería sale del monte, combinando sus hojas y tallos, las resinas, sus cortezas, sus raíces, las flores y las alimañas que habitan en él”.
• El Vudú por dentro.
El Vudú es el culto por excelencia de los haitianos, fruto de la fusión de la religión cristiana impuesta por los europeos como condicionante de la conquista y los ritos ancestrales de los negros que atravesaron los mares cargados de sus aquelarres y la magia de la lejana África.
El repiquetear del tambor, los acordes del azadón empleado como campana y la voz grave del bambú imitando la trompeta, logran introducir en los cuerpos de los practicantes de este rito mágico religioso un hechizo acompañado de un sentido rítmico que da lugar al Bembé.
Acompasado por una música polirrítmica, sus voces se alzan; vuelan al aire sus cantos. Sus cuerpos se contorsionan, sus ojos fulguran, fluye la magia del Vudú: un encanto pródigo de la naturaleza que culturalmente identifica a los negros haitianos y sus descendientes.
Es en ese momento de éxtasis en que el cuerpo es poseído y “montan” _de una manera mágica_ las deidades que reinan en el Vudú, anidando dentro de él una serpiente divina, que desciende del árbol que domina o el lugar dónde se encuentra el trono en que los Loas alimentan sus poderes.
A partir de ese instante el cuerpo del poseído transmite de forma verbal _o a través de la mímica_ el poder insospechado de los santos, las revelaciones de los muertos, el embrujo de los espíritus dominantes.
Sorprendentes las descripciones formuladas por estas personas, calificadas indistintamente de divinas o diabólicas, celestiales o pérfidas, bendecidas y alabadas, glorificadas o repudiadas por fieles y practicantes.
Más allá de las disquisiciones teóricas, el Vudú alimenta nuestro acervo cultural, la vida de religiosos y creyentes porque ineludiblemente es parte inseparable del quehacer folklórico de las naciones caribeñas.
• La lección esclava.
Los descendientes de las tribus africanas son mortales con sed de islas. Pertenecen a una especie a la cual no se le exige. No los confunde el amor. Se parecen a las flores, que callan para que se les entienda. Conocen el cansancio del mundo, las memorias del corazón. No son ángeles con rabia, ni mucho menos se aferran groseramente a la vida.
Nadie está obligado a creer en sus escrituras, en su lengua materna, en las tradiciones orales que los acompañan. Los dioses y las deidades negras también protegen a las personas blancas. Su corazón no cae en esa trampa, aunque algunos piensen que ese es el escándalo de la memoria esclava.
Sus abuelos oficiaron en el tronco de una Ceiba, por qué a ellos ha de negársele el derecho a hacerlo, más cuando históricamente han puesto en delirio su pecho para defender a ultranza su credo.
Cuentan que cuando suena el río ellos saben que hacer con las piedras. Aprenden de lo que les dice el monte, de lo que susurran los espíritus, de lo imaginario, de una vida plena de leyendas. Son meticulosos con sus costumbres, celosos guardianes de las cuestiones divinas.
Juran _y perjuran_ que es sabio regresar de vez en cuando en el tiempo, pero hay que hacerlo con coraje, con la valentía de los cimarrones que deambularon esta tierra.
Cuando algunos creyentes acercan la mirada a los ritos y las religiones africanas llevan en potencia la enfermedad del miedo. Infundado, ellos no tienen un pacto con la muerte; lo que quieren _y merecen_ es un espacio digno en el universo.
Si algo nos demuestra la vida es que el sol puede repartirse entre todos. Nuestros negros tienen alas y viven para hacer realidad sus sueños. Sus dioses cuidan las lágrimas y la mancillada historia africana, y en compensación un mensaje salva su pena: en el alma de sus descendientes también alumbran las estrellas.
